miércoles, 26 de octubre de 2016

Miedo

Se siente eterno.
Se siente angustia.
Quema como el fuego.
Quema como el odio.
Oscuridad y dolor.
Oscuridad y temor.

lunes, 24 de octubre de 2016

Fake

Finjo escribir mi tema de estudio mientras lo que realmente hago es ver Netflix.

Jornada laboral.

Muchos japoneses.
Muchos infantes.



Cansado de la jornada
O cansado de la vida.

Quieres que sean las 9
para ver que otro te lleve
a la cantina frente al circo
en el terreno baldío.



Te secuestran tus amigos
te cambias el estado civil.
Terminas en suelo
pidiendo no vivir.



Vas crudo a tu trabajo
a comenzar tu jornada.
No quieres hablar con nadie,
te está llevando la chingada.



Tu rutina como siempre
trabajo, alcohol, trabajo
Viniste para ahorrar
pero no está resultando.



"En mi rancho no hay jale"
"No hay para comer"
Pero poca falta te hace
mientras haya de beber.



Dedicado a mis compañeros
que vienen desde el sur.
Cambien sus prioridades
o vivan en el albur.

sábado, 22 de octubre de 2016

Párpados y el mal del puerco.

Al llegar al trabajo, mi jefe se sentó en mi oficina, y comenzó a platicarme cómo sería el nuevo contrato para un empleado de reingreso. Sus palabras en inglés, sonaban my lejos y sentí el batallar de mis párpados por volverse a abrir después de cada pestañeada. Mientras sus labios se movían, yo recordaba los deliciosos tacos que comí en la Normal después de que la profe Alix me revisó la planificación. Los mejores treinta pesos que he gastado en la escuela; no lo digo solo yo, me avala Enoc, quien a pesar de que dice que su mamá es la mejor cocinera del mundo, no pudo evitar pensar si deberíamos ir a almorzar allí cada sábado. Deliciosos tacos de tamaño regular y con buen sazón.

Era una confabulación entre mis párpados y él, seguramente dijeron: "Hay que darle en la madre a su trabajo, que no se concentre, que piense solo en dormir". Bastardos. El mal del puerco surgió y se apoderó de mi ser sin que yo pudiera evitarlo. El lado oscuro ganaba y en el lapso de una hora, lo único que pensaba era renunciar y dormir, no necesariamente en ese orden. No era la primera vez que el puerco se había vuelto malévolo, comenzaba con un panecillo y terminaba haciendo estragos después de un café. Imparable, indestructible, sin misericordia toma todo, destruye la ética, los buenos modales y te hace bostezar frente a tu jefe.
Qué se pude hacer para combatirlo? Me levanté justo después que mi jefe salió de la oficina y fui al baño. Vi mi rostro en el espejo y me eché agua. "Eso ayudará", al fin ya solo quedaban diez horas de jornada laboral. "Cuánto me dijo el chino que le pagara al nuevo?". Rayos! maldito mal del puerco, debe ser marcado como incapacidad laboral, una violación al código  de tránsito y un problema cuyo tratamiento sea 5 horas de reposo.

Y aquí sigo, en el trabajo, muriendo lentamente, sin descanso. Pienso en el ayer y las horas de sueño que tuve, y en el mañana, preguntándome si algún día las volveré a tener. En mi reflexión le dedico un tiempo al mal del puerco, y concluyo que tal vez no es tan malo. Con él, disfrutamos de los climas como estos, nublados, frescos, sin más tarea que entregar. El mal del puerco, es amable, solo busca nuestro placer. Nos quiere acobijar en su manto de flojera y comodidad. O quizá solo digo esto porque ya se me quitó.

lunes, 3 de octubre de 2016

DIARIO DE VIAJE A REAL DE CATORCE

Viernes.
Me desperté a las 5 de la mañana. Mi bebé estaba dormido, así que sin hacer mucho ruido me metí a bañar. El día anterior ya había hecho la maleta y preparado todo para el viaje. Todo el año le estuve anunciando a Paco que iba a ir, y aunque él no estaba de acuerdo, me apoyó en no molestarme cuando tenía mucha presión para conseguir el dinero necesario para ir. Estuve lista muy rápido, y mi esposo, que al principio se negó a llevarme al punto de reunión, accedió diciendo que sólo me dejaría a ahí y se regresaría. Un amor de hombre. Él, siendo mi némesis en responsabilidad, me llevó a las 6am, me despidió con un beso y me aconsejó que me cuidara. Fui la primera en llegar a la escuela, así que pasé y me quedé en el frío por unos momentos. Pronto comenzaron a llegar mis compañeros, como la salida era a las 7am, fuimos por café y unos cigarros.
Frente a la escuela esperábamos fumando mientras todos llegaban. Cuando nos dijeron que subiéramos eran las 7:30 y la temperatura había subido. Nos subimos al fondo del camión y salimos de la ciudad.
Fue tranquilo a principio, como el camino se hacía lento, nos comenzó a dar hambre. El tiempo estimado en llegar eran 6 horas de viaje, así que para pasar el rato, jugamos entre los que íbamos atrás, un juego con canciones. Fui divertido. Hicimos una parada en una caseta, compramos pingüinos y submarinos. Continuamos con el viaje mientras había momentos de silencios y otros de risa. Todo iba bien hasta que notamos que el camión bajaba la velocidad.
Aparentemente uno de los espejos se había caído, y los choferes estaban buscándolo. Retornamos para ver si no estaba en la carretera. Se bajaron del camión Alan y Brandon para ayudar a buscarlo. Fue un caos. Perdimos una hora, y hasta después nos dijeron que alguien lo había recogido, y llevado a un taller que había más adelante.
Nos dirigimos al taller lentamente y con precaución para pelear por nuestro espejo. Sin él no habría manera de continuar el viaje, así que todos estábamos nerviosos del desenlace de la situación. Cuando llegamos al taller ya estábamos fastidiados. Ya se había demorado mucho el viaje, aún no llegábamos a la parada de la comida. El lugar estaba polvoso y sin pavimentar. Hacía mucho aire frío, pero el sol estaba en un cielo despejado. Después de lo que pareció otra hora, el espejo medio quedó. Y continuamos el viaje lentamente hacia el paradero San Pedro.
Al llegar, me sentí perdida porque no comprendía el sistema para ordenar comida, así que seguí a la plebe y observé cómo pedían los maestros. Comí frijoles charros y carnitas. Me encantó la comida, aunque temía por mi estómago delicado. Fui al baño, mirujié la tienda de recuerdos, fumé un cigarro y nos subimos al camión.
Ya eran más de las 2 de la tarde y faltaba una hora para Matehuala. Todo fue muy lento.
Me puse a leer, y ya en los últimos quince minutos en llegar, me quedé dormida. Me despertaron abruptamente para bajar a Walmart. Ahí, estuvimos una hora, comprando alcohol y todas las demás cosas para la cena de mañana. Como somos un grupo muy organizado, tardamos un poco en decidir qué comprar y cuánto gastar. El profe Arellano invitó la carne, y él y el profe Benavides iban a parte comprando cosas para ellos.
Salimos de la tienda y subimos todo al camión. Volvimos al camino. Ya eran las 4, todavía faltaban dos horas y media, seguí leyendo y me dormí un rato más.
Cuando desperté, escuché al maestro Benavides decir que nos estábamos perdiendo de lo mejor, algo sobre los caballos, algunos matorrales, así que desperté bien, y me levanté a ver cómo íbamos subiendo para llegar al pueblo mágico.
Había unas curvas que resultaron muy incómodas porque el camión era muy grande, pero al llegar a la explanada donde se estacionó, ya no parecía tan grande rodeado de la sierra. Al bajar, la temperatura inmediatamente se sintió más baja. Karina y Alan fueron a negociar una camioneta que nos pasara por el túnel para llegar a Real.
Al conseguirla, subimos todo el equipaje y nos subimos en la caja. El túnel se sintió húmedo y algo frío. La camioneta iba rápido y el lugar era estrecho. De nuevo temí por mi vida. Después de tres kilómetros salimos al pueblo. La primera impresión es que es algo viejo. Algunos negocios se veían abandonados. Había cantinas y fonditas al mayoreo. La pavimentación era horrible, porque aún arriba de la camioneta, se sentían todos los pozos y las piedras por las que pasamos.

Nuestro hotel era el último de Real, casi a lado del panteón. Descargamos todo y nos dieron nuestros cuartos. Favela y yo fuimos roomies en el cuarto llamado San Agustín. La decoración era algo rústica, pero era suficiente para nosotras. Contaba con dos camas matrimoniales, una salita, una tele y un baño. Desde el primer momento supimos que nuestro cuarto sería punto de reunión. Dejamos las cosas y fuimos por instrucciones con los maestros. Esa noche era la noche de los relatos, teníamos que ir a la presidencia a conseguir permiso.

A los chicos se les encomendó conseguir leña, pero todos fuimos juntos. Se compró la leña, y fuimos a la presidencia. Me sorprendió que estuviera abierta, un viernes de puente a las 7 de la noche, pero me advirtieron que las leyes funcionan un poco distintas en ese lugar. Estaba abierto y los representantes se encargaron de los permisos, mientras los demás conseguíamos alguna señal para llamar a nuestras casas. Teníamos que pedir la plaza de todos, pero no nos dejaron, sólo nos permitieron un espacio que está entre la plaza de toros y el panteón.
Antes de regresar al hotel, pedimos unas tortas y compramos de tomar. Una parte del grupo nos fuimos a San Agustín y comimos juntos, esperando que dieran las 9 para ir a prender la fogata.
Cuando por fin se dio la hora, me aseguré de utilizar diez mil abrigos, orejeras, guantes, bufanda, doble calcetín, de todo. Era un frío horrible, y planeábamos estar a la intemperie. Los chicos se encargaron de prender la fogata, todos formamos un círculo y el primero en comenzar fue el profe Benavides. Contó una historia interesante y de fantasía que me pareció muy bien redactada. Así, cuando acabó, alguien más le siguió. Muchos hablaron de sucesos reales, como ya sabía, hay muchos creyentes de fantasmas en el salón. Otros inventaron la historia sólo con algunos datos reales, y la mayoría improvisaron. Fue complicado porque entre más te tardabas en contarla, se perdía la atención y los primeros que ya habían contado historias, cambiaban el ambiente con bromas y risas.
La última fue Mayra, después de tantas historias largas, lo que queríamos era irnos de ese lugar helado. La fogata no había durado mucho, así que la apagaron bien, y nos fuimos al hotel. Casi todos se fue a sus cuartos, pero mis amigos y los profes nos quedamos en la mesita que estaba en la plaza del hotel, a chonear y tomar cervezas. Nos quedamos hasta tarde, entre risas y tranquilidad, hasta que nos fuimos a dormir.
Aunque Favela le teme, yo le ofrecí mi cama a Pepe, porque en su cuarto eran tres hombres y no querían dormir juntos o algo así. No me molestaba dormir con Favela, y nos fuimos a dormir. Ahí donde me acosté me mantuve toda la noche hasta la mañana siguiente.

Sábado.
La mañana del sábado, a las 7:30am, Melissa nos despertó tocando la puerta y gritando: “¿Tienen agua caliente?” y le contesté con un amable “¡Largo!”. Ella seguía insistiendo “¡Chicas, la puerta está cerrada!” “–Ya sabemos! Vete! Déjanos dormir!”. Desgraciadamente ya no pude dormir. Después de dar vueltas por media hora, me levanté, y desperté a Favela. Pepe se había ido muy temprano. Para bañarnos, nos dieron otro cuarto, el número 6. Le cedí la regadera a Favela, porque es mucho más lenta que yo en todo, y en cuanto salió, me metí a bañar.

Al salir, ya eran las 8:40 am, nos vestimos y bajamos a la placita de hotel, en donde el profe Benavides nos esperaba con las indicaciones del día. Nos sentamos y comenzamos. Repartimos por equipos los temas que investigaríamos: historias de vida, actividades económicas, leyendas, registros orales. A nosotros nos tocó historias de vida. Nos terminamos de arreglar y decidimos juntarnos dos equipos. El equipo de actividades económicas (Pepe, Brandon y Enoc) y nosotros (Favela, Alan y yo).
Fuimos a almorzar a un restaurante porque Alan y Enoc insistían que no querían una fondita, así que nos metimos a un restaurancito y noté algo extraño: hombres almorzando con cerveza antes de la hora del ángelus. Y yo con mi chocomilk. Comimos lo mismo que pudimos haber comido en una fondita, pero nadie lo mencionó. Whatever, fumamos los que fumamos, para eso de la digestión, y caminamos para entrevistar. Se supone que íbamos a entrevistar a la mesera que nos atendió, pero todos nos cohibimos, o pudo ser que con el hambre olvidáramos hacerlo antes de ordenar.
Caminamos rumbo a la entrada del pueblo y rápidamente nos encontramos con una señora ofreciéndonos un viaje con Willys. “Ha de ser famoso el Willys ése, hay muchos ofreciéndonos viajar con él”, pensé yo. La primera sorpresa que tuve fue saber que un Willy es una camioneta Jeep, la segunda sorpresa es que no era una señora, era una joven, como después nos confirmó, de 22 años. Su nombre era Guadalupe, y aunque parecía de 35, rápidamente inicié una conversación con ella. Le pregunté que si ella manejaba y cuánto duraban los viajes. Me contestó orgullosamente que era la única mujer que manejaba en Real, y que es dependiendo el tipo de recorrido que escojamos. Nos habló de su vida y su familia; su escolaridad, sus sueños. Su padre comenzó ese negocio hace 30 años, y ahora todos sus hermanos y ella se dedican a eso. “Alguna vez pensaste en salir del pueblo?” “No, no, no. Aquí está mi familia y mi vida. No quiero salir de aquí. Lo más lejos que he ido es a Matehuala, y sólo para comprar el mandado.” Nos habló de las clases sociales, quiénes eran los que tenían más dinero, y cómo en época de turismo, a la mayoría le iba muy bien. Mientras que cuándo no lo era, los que más sufrían eran los artesanos.
Le dimos las gracias, prometiéndole volver el día siguiente con nuestros compañeros.
Seguimos avanzando, observando los puestos y los comerciantes, cuando de pronto, se aparecieron dos niñas, sonrientes y preguntándonos si queríamos escuchar el corrido de Real de catorce. Nos cantaron de forma muy ensayada hablando del pueblo mágico mientras nosotros las grabábamos. Después supimos que una de las niñas era hija de comerciante, y la dejaban andar sola todo el día. Les dimos algo de dinero y las gracias. Continuamos nuestro camino.
Nos detuvimos con una simpática argentina, desenvuelta y vivaracha, llamada Guadalupe. Su nombre, nos explicó, es poco común en Argentina, y viene aquí y se encuentra con un montón de Lupitas. Nos mostró su artesanía y nos comentó sus estudios, todos enfocados en Bellas artes e inconclusos. Todo era hecho por ella y sus materias primas eran traídas de Argentina. Llegó a México por su novio, un hombre que sonaba chilango y tenía buena vibra. Nos habló del mate, la bebida preferida de ella y lo maravilloso que le ha parecido Real. La comida tan simple y deliciosa, y le atraía mucho cómo la comunidad estaba unida por Panchito.
Y era cierto. Todo Real de catorce es seguidor de San Francisco de Asis. Su devoción se notaba en todo el pueblo. Compré una diadema hecha por Lupita, muy colorida y fácil de usar. Favela compró una igual, para que nos identifiquen como “amiguis”.
Continuamos caminando, ya comenzaba a sonar la música y todos los puestos estaban casi listos. Ese día era la carrera de los burros y la meta ya estaba trazada. Las calles eran angostas y llenas de piedras. La popo de los caballos era algo común, y había gente que se encargaba de limpiarla.
Era cerca del mediodía cuando empezamos a separarnos un poco, observando todas las cosas que había, y no fue hasta encontrarnos con el Sr. Cristóbal que nos reunimos de nuevo. Era un señor viejo y sucio. Con un loca pequeño y estrecho. Entabló una rápida conversación con Pepe y Enoc, seguramente por las ideas anarquistas y su comunismo. Para mí, todo lo que el Sr. Cristóbal dijo, era mentira. Me sonó exagerado. Claramente fue una persona lectora, pero se veía en decadencia y creo que necesitaba la atención que en ese momento estábamos dándole. Nos habló de cómo ra antes el pueblo, de sus viajes a Alemania, a Estados nidos, de sus hijos, sus exesposas, su artesanía, todavía proveniente de la mina. Se dedicaba a pulir rocas y convertirlas en muchas cosas, collares, pulseras, aretes, marcos, llaveros. Tardamos un buen rato ahí al menos unos 30 minutos. De repente me salía del local y observaba lo que estaba alrededor, los puestos de dulces y juguetes. Los juguetes eran chinos, y los dulces eran de San Juan de los Lagos. Ya comenzaba a perderse la artesanía. Compramos cajeta, tamarindos y dulces de leche para nuestra familia y continuamos. Yo estaba batallando para comprarle algo a mi Olives y a mi esposo. Y me dediqué a eso todo lo que restaba del viaje.
Continuamos caminando, y llegamos a la entrada del pueblo, donde había figuras de barro y cerámica. Compré una salsera y encontramos una subida, en donde grabamos unas tomas, para un proyecto que pretendemos hacer. Había partes de casas destruidas, zapatos colgados en las farolas y el sol estaba en su punto máximo. Quedamos de vernos en el hotel antes de las 4. Y ya teníamos hambre. Pero el regreso era largo, y aun no habíamos ido a la iglesia.
Nos separamos en el regreso. Brandon y Favela andaban conmigo. En el camino de regreso encontramos a una señora vendiendo pan de nata. Le preguntamos cuánto tiempo tenía vendiendo y dijo que toda su vida, pero que ella no era de Real era de un rancho cercano. Y venían todos los fines, ella y su esposo, a vender el pan. Le compramos de nata y de elote y continuamos.
Llegamos a la iglesia, llena de gente. Entramos y era muy grande y bonita. Había muchos de los milagritos colgados en San Francisco y estaba lleno de turistas. Entramos a la sala de los retablos, algunos viejos y difíciles de  leer, pero también habia recientes. No me sorprendió la poca ortografía de esos retablos, y mientras tomaba fotos, íbamos leyendo. Salimos de ese salón, y nos sentamos en las bancas. Hice una oración, mientras grababan otra escena del proyecto en mente. Pepe fue el actor principal. Salimos a fumar, y  decidir a dónde íbamos ahora. Compré unos milagritos para mi familia y comenzamos a bajar rumbo al hotel.
Llegamos a dónde habíamos comenzado. Y decidí que entrevistáramos a Yolanda, la huichol. Estaba sentada en una orilla, con su artesanía sobre una sábana y con una sombrilla cubriéndole el sol. Favela y yo pensamos que si observábamos su artesanía ella se acercaría a decirnos como es y ofrecernos productos, pero no. Para entablar una conversación con ella, tuve que subir la banqueta y sentarme a su lado. Sentí su incomodidad pero tuve que aguantarla y empezar a preguntarle primero cosas generales, sobre si ella lo hacía todo y cuánto se tardaba haciendo sus manualidades, hasta que poco a poco comencé a preguntarle cosas sobre su familia, cómo llegó, los nombres de sus hijos, dónde vivía, sus rituales huicholes. Me sorprendió que hablara conmigo, pues decían que era poco probable que pudieran contestarme, sin embargo, ella se prestó muy bien para mi entrevista. Conocían Real porque venían en cada vacación a vender sus artesanías, en Jalisco  hay mucha competencia entre huicholes, así que no vendían mucho. Se mudaron a Real desde una sierra de Jalisco, porque su hija mayor tenía ya 7 años y no había cursado el kínder. En Jalisco no la dejaban entrar a la primaria, pero en Real la admitían directo, asi que por la superación de su hija, decidieron mudarse a ese pueblo mágico.
Ella y su esposo se dedicaban sólo a eso. Dijo que no salía tanto, pero sus hijos comían tres veces al día y tenían zapatos, cosas de las cuales ella no gozó en su niñez. Me sorprendió ahondarme en su vida, pues seguía preguntando y ella seguía contestando, sin conocernos. Yo le contaba un poco de mí, y ella de ella. Había tenido 7 hermanos, y comían una vez al día. Sus papás también se dedicaban a eso de las artesanías, así como sus abuelos antes de ellos. La vida e Real era tranquila, y aunque batallaron mucho para conseguir un terrenito, por fin pudieron hacer un cuarto, en donde decía ella, “Dormimos todos amontonados, pero baja un techo”. Tenían que ir a un pozo todos los días a traer agua y contaban con una parrilla y un tanque pequeño con gas. Le pregunté seriamente si deseaba que sus hijos se dedicaran a lo que ella hacía. Y me dijo que lo que ellos quisieran está bien. “Todos saben hacer artesanías, pero si pueden ser más en la vida, sería mejor.”
Seguimos platicando sobre sus rituales y sobre el peyote, de cómo sólo lo comían en festividades huicholes y de cómo los demás pobladores tenían prohibido usarlo, hasta que noté que Favela, quien estaba hablando con dos niños más abajo, me dio una mirada de cansancio. Me despedí de Yolanda, alabando su trabajo, y nos dirigimos al hotel.
Eran cerca de las 3 de la tarde cuando por fin llegamos al hotel, en donde encontramos al profe Arellano haciendo quesadillas y sacando una salsa borracha que no duró nada. Nos quedamos platicando un rato, fumando, tomando, mientras el profe Arellano asaba carne. Decidimos que nos faltaba ir a ver el panteón. Descansamos un poco en el cuarto, y retomamos fuerza para dirigirnos al panteón, que estaba al otro lado del pueblo. Como no estaba lejos del hotel, íbamos cansados pero más relajados, tomamos fotos y pronto llegamos a la iglesia qu se encuentra dentro del panteón. Guadalupe, la de los Willys, nos recomendó que hablaramos con Don Alejandro, el señor que cuida ahí, asi que cuando preguntamos por él, el sñor Alejandro se sintió orgulloso y comenzó a platicarnos cuánto tiempo llevaba trbajando en ese lugar. Nos llevó a un lugar que no estaba a la vista de los turists, y sólo se lo mostraba si preguntabas por ella:era na caja de la caridad. Esta caja es donde cargaban a los muertos, a todos los muertos que no podían pagar su féretro. Tenía más de 100 años y estaba casi completa, pero muy deteriorada. La mantenían en un cuarto, que solía ser del Padre, pero que al mudarse a la otra iglesia del centro, se quedó sólo para la caja. Observamos la iglesia y cómo dentro de ella, había tumbas, pues estaban separadas para quienes podían estar más ceca del altar. No todos podían pagar ese lujo, pero para pasar a la iglesia, pisabas almenos 10 tumbas, lo cual freaks me out. Nos despedimos  y nos dirigimos al hotel de nuevo.

Al llegar, nos sentamos en la mesita de la plaza dentro de donde nos hospedamos. Comíamos papitas y hablábamos de lo que encontramos, iba saliendo la carne. Aun no estaban todos, pero los que estábamos, comimos para aplacar todo el hambre y cansancio que teníamos. Cuando por fin llegaron todos, nos reunimos en la mesita y el profe Benavides comenzó a preguntarnos cómo nos fue. Todos hablamos de qué fue lo que encontramos, nuestras historias, a quienes entrevistamos. Todos recorrimos gran terreno, unos por otros lados y todos conocimos a diferentes personas. Se dio por visto todo, y decidimos que el día siguiente recabaríamos lo que nos faltaba.
Después sólo nos dedicamos a convivir. Tomamos y comimos por un buen rato. Decidimos ir al bar que estaba frente al hotel, asi que nos fuimos a descansar un rato y a las 9 fuimos a ver cómo estaba el bar. Estaba llenísimo. Hacía un frío horrible también. Con toda la lentitud del mundo nos fuimos a otro bar que estaba en el centro del pueblo, lo cual lamenté mucho. Estaba muerta de tanto subir y bajar esas horribles calles. Mis zapatos eran de suela delgada y sentía todas las piedras. No tenía condición, y Alan, que se volvió más fumador en ese viaje, me incitaba a fumar cada que salimos. Pero por fin llegamos al bar. Me agradó el ambiente, pero la planta baja estaba llena, por lo que subimos a la azotea. Sólo tomábamos unos pocos asi que el ambiente no fue tan ameno.
Nos regresamos pronto al hotel, y nos separamos. Alan y Brandon llegaron al bar, pero Favela, Pepe, Enoc, Gaby y Karina llegamos a nuestro cuarto, San Agustín, el punto de llegada de todos. Jugamos “Yo nunca nunca” con una botella de whiskey y pues, no hace falta mencionar todo, pero cuando fuimos al bar, después de las 11:30pm, algunos de nosotros ya íbamos algo entrados. Aunque realmente esperaba embriagarme más, pues era la única noche libre que he tenido en años, un evento en el bar hizo que se me bajara rápido el alcohol que había tomado. Así que, aunque fue divertido, duró poco.
Sin detalles, fuimos a dar de nuevo a San Agustín, dónde comenzó otro evento de la noche algo fuera de lugar. Eran cerca de las 3:30am cuando me quedé dormida, y desperté en el cuarto con Enoc durmiendo en la cama, y Favela con cruda.

Domingo.
Me desperté a las 9 y mientras me bañaba en San Agustín, Enoc se fue a su cuarto y Favela seguía dormida. Me cambié y comencé a arreglar mi maleta. Mi ropa del día anterior olía a humo y a culpa. Preparé mi maleta y mientras Favs se bañaba, comencé a limpiar el cuarto. Muchas latas y basura de la noche anterior alían mientras barría y guardaba cosas. Tendí mi cama, y después de eso, dejé a mi compañera arreglándose y me fui con los chicos, a comentar lo que había pasado la noche anterior. En el cuarto de Pepe platicamos del caos y los chismes por un rato.
Alrededor de las 10:30am recibimos instrucciones de regresar al hotel a las 11:45, porque el camioncito salía a las 12pm, para llevarnos al camión de la normal, que salía a la 1pm. Nos desesperaos al esperar a Maribel, a quien definitivamente la cruda la llevaba pésima en humor y en su salud. Fuimos a buscar algo de comer porque andábamos lentos, el tiempo era oro y yo aún no compraba nada para Paco. Caminamos hacia el centro y todo estaba lleno. Iba a haber un festival y todo estaba repleto de turistas. Por fin encontramos una fondita y una mesa con ubicación horrible, justo a lado de donde todos tomaban agua y en el sol. Ya con las prisas no nos importó tanto, pero Favela, que se sentía mal, pidió su comida para llevar y se fue al hotel. Seguimos chismeando de lo sucedido la noche anterior y después de devorar nuestras gorditas, nos dirigimos a un local de recuerditos, donde compré rápidamente a Paco una media taza.
Regresamos al hotel a la carrera, para comenzar a acarrear las maletas al lobby, donde los maestros ya nos esperaban. Dos personas se debían encargar de encontrar una camioneta, pero para ser honesta, no me dí cuenta de cómo sucedió eso, yo sólo supe cuando ya estábamos arriba, y nos despedíamos de Real dentro de la caja de la Pick up que nos llevaba. La regresada en esa camioneta fue la muerte. Las subidas eran muy altas y nosotros muy pesados. Pedí por mi vida al menos tres veces en ese transcurso, y al llegar al túnel, pedí para que mi vida terminara por la fila que tuvimos que hacer para cruzar.
Cuando por fin cruzamos tuvimos otra sorpresa de parte de los choferes. No había nadie en el camión, y necesitábamos esperar una hora y media a que llegaran. En ese transcurso tuvimos una sesión de fotos lo cual no estuvo tan mal. Al divisar a los encargados del autobús, regresamos a él, y nos subimos para partir.
La regresada fue tranquila. Paramos en dos lugares antes de llegar a la normal, nos bajábamos a fumar y comprar cualquier chuchería. Escuchamos música y cantamos. El camión iba despacio por toda la niebla que había, así que a la escuela llegamos a las 9pm. Antes de bajar, el maestro Benavides dijo unas palabras que explicaban  para qué había servido el viaje. Nos bajamos y nos deseamos suerte en las prácticas que teníamos esa semana.



Estrella Luna.

El milagro de los puercos: relato de un retablo.



Para vivir, hay que comer. En éste, mi pueblo, es tardado ganar buen dinero. Hay que esperar la cosecha y esperar que los animales engorden. Los pollos, las vacas y los puercos, todos son lentos en engordar. Trabajamos para vivir, y vivimos de lo que trabajamos. Aquí en el rancho es complicado vender los animales, sólo en época de fiestas tenemos buen negocio. Es tradicional que todos los quince años y las bodas se celebren hasta diciembre, la mejor fecha para matar un puerco. La barbacoa de pollo, el asado de puerco y la carne asada son unos de los manjares que toda buena madre de familia sabe cocinar, y como en las fiestas aquí se invita a todo el pueblo, es el momento de lucirse, pues se sabe que para que sea una reunión exitosa, no debe faltar la cerveza ni la comida.
Una vez, en un mal año, tuve la suerte de que me encargaran unos puercos para vender en una gran boda que iba a haber en el rancho. Estuve muy cuidadosa con esos marranos, cuidando su alimentación  y que nadie me les hiciera ojo. Todo iba muy bien hasta que cayó un virus, o quien sabe que sería, pero mis cochinos se enfermaron y comenzaron a enflacar. Inmediatamente me encomendé a Dios para pedirle por mi familia. Tenía yo muchos planes con el dinero que me iban a dar por esos puercos. Pedía y pedía pero mis cerdos seguían igual.
Una vecina me dijo que fuera a Real de catorce, en dónde está Panchito. “Cuélgale un milagrito, y vas a ver que el santo patrono te lo va a conceder”. Y pues fui a ver a San Francisco de Asís, a encomendar a mis puercos, y a mi familia. Recé un buen rato frente a Panchito, y le colgué su milagrito. Pude observar a muchos otros pidiéndole, y tuve miedo que no me pudiera ayudar por lo ocupado que pueda estar. Me regresé a mi pueblo, y verdad de Dios que mis puercos comenzaron a sanar. Todo volvió a la normalidad gracias a Panchito. Por eso fui de nuevo al pueblo mágico, y le hice un retablo, para agradecerle por ayudarme a engordar los puercos y sacar adelante a mi familia con la ganancia.

Desde ese día en adelante, soy su fiel servidora.